Tal y como pasa desde hace 277 años, el bien volvió a ganarle al mal en San Francisco de Yare. Este jueves, Día de Corpus Christi, los Diablos Danzantes cumplieron otra vez su promesa. Y lo hicieron al ritmo de la caja, escuchando la misa y sonando sus maracas.
Desde temprano, Yare amaneció diferente. El sonido de la caja rompió el silencio antes de que saliera el sol. Era la señal: los cofrades despertaban para dirigirse al cementerio.

Más tarde, en el altosano del Templo Eucarístico Diocesano, los promeseros se arrodillaron frente al Santísimo. Llevaban sus trajes rojos y sus máscaras. Llegaron para agradecer y a danzar porque recibieron un milagro, pidieron sanación para ellos o para un familiar.

Las mujeres no bailan ni usan máscara. Ellas sostienen la tradición desde afuera. Cuidan el traje, preparan la comida, rezan y arrean.
Este año el ritual empezó con más peso que nunca. A primeras horas de la mañana, en el cementerio, los diablos cumplieron. El martes habían enterrado a la Tercera Capataz, Juana Ginez, quien falleció el lunes en su casa de El Arbolito. Fueron a rendir tributo a ella y a otros ancestros.
Después, la misa. La ofició Monseñor Alberto Castillo, el nuevo obispo de la Arquidiócesis de Los Teques. Con su bendición, arrancó lo que todos esperaban: la danza por los 48 altares que las familias levantaron en sus casas. Calle por calle, altar por altar, las maracas y la caja marcaron el ritmo.
En la tarde llegó el momento más simbólico. Los danzantes regresaban desde El Arbolito, con el traje empapado y algunas máscaras maltratadas. El cura párroco, Roberth González, los bendijo y los acompañó en procesión. Y entonces, frente al altar mayor del templo, todo se detuvo.

El Santísimo se levantó. Los diablos retrocedieron. Sonaron las maracas y por unos segundos, el mal intentó resistirse. Pero no pudo. Cayeron rendidos y la caja y las maracas callaron.
Una vez más, el bien se impuso ante el mal.
DCRP
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